La basura espacial es una de las problemáticas silenciosas, de las que las agencias gubernamentales y privadas de exploración astronómica, no suelen hablar. Hay quienes quieren abordar esta temática, pero no se está haciendo lo suficiente como para eliminar los desechos de satélites y cohetes inactivos que quedaron atrapados por encima de la órbita de la Tierra.
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Un amplio informe sobre el Medio Ambiente Espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA), calcula que más de 1.2 millones de fragmentos de basura espacial de más de un centímetro orbitan la Tierra.
Aunque pequeños, estos desechos pueden causar daños catastróficos a satélites y estaciones espaciales debido a la velocidad a la que viajan.
De estos restos, se estima que más de 50.000 superan los 10 centímetros de tamaño, lo que los convierte en verdaderos proyectiles en el vacío. Al menos 40.000 han sido identificados y rastreados por redes de vigilancia, pero la cifra real podría ser mucho mayor.
Lo más llamativo del caso es que estos fragmentos de los que les estamos hablando, no incluyen restos de cohetes, satélites inactivos y escombros de antiguas misiones, que continúan en órbita sin control, que son los verdaderamente peligrosos para las misiones activas.

¿Qué peligro nos genera la basura espacial?
La acumulación de basura espacial no solo representa un problema para las misiones espaciales, sino que también supone un riesgo creciente para la vida en la Tierra.
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La posibilidad de que un fragmento de gran tamaño reingrese a la atmósfera y cause daños en la superficie es baja, pero no imposible. Ya ha habido casos en los que restos de satélites han caído en zonas habitadas, aunque sin consecuencias graves hasta ahora.
Además, la contaminación orbital amenaza el futuro de la exploración espacial. Con cada colisión, se generan más fragmentos, creando un efecto en cadena conocido como el síndrome de Kessler, donde la cantidad de desechos en órbita aumenta exponencialmente hasta que viajar al espacio se vuelva demasiado peligroso.
Dicho fenómeno podría afectar la operatividad de satélites clave para la comunicación, la navegación y la observación del clima.