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Disfrutar, conectar y sanar

Crónica de una madre en el mundo mágico de Disney

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ARCHIVO - Visitantes caminan detrás de la estatua de Walt Disney y Mickey Mouse en el parque de Magic Kingdom, en Walt Disney World, el 14 de julio de 2023, en Lake Buena Vista, Florida. (AP Foto/John Raoux, Archivo) AP (John Raoux/AP)

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Al detenernos en la estación para medir la estatura de los pequeños aventureros, confirmamos que Mateo ya superó las 44 pulgadas que se requieren para disfrutar el recorrido cósmico de Guardians of the Galaxy: Cosmic Rewind en Epcot. En ese momento, también confirmé que nadie me libraría de zumbarme a esa aventura aunque me pusieran de cabeza y me dieran 400 vueltas. En el instante que Mateo brincó de emoción mirando al simpático Cast Member, vi cómo mi hijo colocó como todo un experto su Magic Band y me extendió su mano. Con ese gesto, estaba sellando un compromiso y no me iba a acobardar.

Muchas madres podrán identificarse conmigo; maternar a veces asusta, abruma, confunde, nos hace reformularnos ideas y, sobretodo, nos transforma llevándonos al límite; nos saca a patás del famoso comfort zone. Sabemos que la prisa es incompatible con dejar fluir la curiosidad, por eso es vital provocar espacios de diversión en casa, en el parque o en el carro de camino a la escuela y, cuando las finanzas lo permiten, organizarnos para regalar más experiencias y menos juguetes. Sin duda, Disney es el destino ideal para desbloquear el nivel de conexión que nos acerca a nuestra niña interior y nos da acceso directo al mundo de los pequeños por unos minutos; ese mundo del que entramos y salimos en la retante tarea de maternar y abuelar. Amo ser testigo de la complicidad entre Mateo y sus abuelas, con quienes tiene una relación especial.

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¿Por qué digo que podemos sanar? En 2022, organicé el primer viaje al mundo mágico de Disney con todo el familión. Hasta mi hermano, mi sobrino, una prima y mi papá, que residen en Florida, se sumaron. Una de mis hermanas tiene un diagnóstico de ansiedad generalizada que le impidió disfrutar las atracciones que la hacían sentir encerrada. Y luego de tres años, terapia, aceptación y mucho trabajo personal, voló en su bunshee. Gritó, gozó y se permitió entrar a una dimensión mágica que nos provocó hasta las lágrimas. De paso, Mateo tuvo una dosis de empatía, ofreciéndole a su tía la mano en caso de que se sintiera insegura.

Cada uno de los parques es un espacio de imaginación y creatividad, con los niños como centro, y eleva su experiencia de viaje; es abono para su eterna curiosidad. Esto sin importar la edad. ¿A qué edad debo llevarles a Disney? A los 4, a los 9, que si a los 2, que es mejor preadolescentes... Les confirmo que la edad perfecta es la que tenga, porque el tiempo no es infinito, si no, pregúntenle a las niñas (abuelas) de 70 y 57, a quienes los ojitos les brillaban y agradecían cada minuto con su nieto durante la travesía. En cada etapa se disfruta, y el afán por que los niños recuerden, a menudo, nos hace olvidar que nuestros recuerdos como padres también son válidos. Trabajamos por echarlos hacia adelante y también merecemos inmortalizar recuerdos del disfrute.

Las madres y padres experimentamos la conexión con nuestros hijos e hijas de maneras diversas. Cada persona es distinta y, con el pasar del tiempo, vamos reconociendo lo que a cada uno le provoca fuego en la mirada. Y mi hijo, sin lugar a dudas, es pura adrenalina. Hoy, mientras desayunábamos, Mateo volvió a recordar mis gritos y risas cuando estábamos a bordo de ese viaje espacial. Me abrazó y me dio un beso. Su mirada de complicidad me derritió. Sí, estaba asustada, grité como nunca, bajé las escaleras y las rodillas me temblaban y salí espelucá (busque el reel en las redes de MetroPR para referencia) pero al final, es esa conexión la que buscamos, la que necesitamos para criar desde el amor y la empatía. Guardaré por siempre esos minutos en mi corazón.

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