CHILE - Solitaria en la vastedad del Pacífico, a cinco horas en avión desde Santiago de Chile, la Isla de Pascua —o Rapa Nui, por su nombre nativo— se alza como un paraíso arqueológico. Su calma se respira en cada rincón, mientras su clima subtropical dibuja una insospechada resonancia con mi tierra, aunque más de 4,200 millas nos separen.
Nos dieron la bienvenida con un cálido “Iorana”, un collar de flores frescas al cuello y sonrisas que desarmaban cualquier cansancio de viaje. El turismo es el motor que impulsa la economía local, pero la vida aquí trasciende las visitas. La tez morena, los rasgos indígenas y el acento chileno al hablar español de los más de 7,700 habitantes entretejen una identidad propia, resistente al tiempo.
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El verde se extiende hasta donde alcanza la vista, y los pulmones se regocijan con un aire tan puro que parece nuevo. Entre piedras volcánicas y senderos solitarios, los caballos y vacas pastan libres, con las marcas como única atadura a sus dueños… y a su destino.
“Somos un lugar remoto”, dijo nuestra guía, Thais, mientras la radio dejaba sonar Plan B. Puerto Rico toca cada sitio al que voy, aunque sea con la música que muchos catalogan de vulgar.
El lugar es famoso por sus monumentos cabezudos y narizones, los moáis, que, como guardianes, miran hacia el interior de la isla. Hay aproximadamente 900 esparcidos por Rapa Nui, manteniendo siempre presente su pasado. Los que siguen en pie únicamente lo hacen gracias a la intervención experta para erigirlos luego de ser derribados durante conflictos bélicos. La historia de la Isla de Pascua es complicada, protagonizada por figuras opresoras y un pueblo en busca de no languidecer.
Frente a frente, me mira un individuo que fue tallado hace más de seis siglos, de unos 29 pies de altura. Guarda historias de la grandeza, los conflictos, el abandono y el renacer de la Isla de Pascua.
Las raíces indígenas permanecen vivas, y sus habitantes las llevan con orgullo. La lengua rapa nui se enseña en las escuelas, preservando una parte fundamental de su identidad cultural. Esa identidad se extiende también al baile tradicional, con influencia polinesia, que es una de las manifestaciones artísticas más profundas de los rapanui.
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Aquí nada está muerto. La isla respira vida en cada ola que surfean los jóvenes, en los partidos de fútbol bajo el sol o en las manos que arrancan acordes al ukelele. Desde la bahía, se asoman las tortugas, testigos eternos del ir y venir humano. La pesca y la agricultura forman parte del sustento de muchas familias, con una cotidianidad que late fuerte bajo la quietud aparente.
Pero no todo aquí es color de rosa... o, mejor dicho, verde. Caminando la calle principal, tomando migajas del día a día de los rapanui, carteles de protesta permanecen como evidencia de que, aún en este sitio tan remoto, existen luchas locales en contra de la corrupción y a favor de la autodeterminación, la protección de su patrimonio cultural y la gestión sostenible de sus recursos naturales.
Rapa Nui vive y se defiende, con la memoria anclada en sus moáis, sus tradiciones, y la energía vibrando en quienes la habitan.