El concepto tradicional de la adolescencia como un período de caos y turbulencia ha moldeado tanto las narrativas sociales como las políticas públicas. Tal enfoque ha perpetuado estigmas que invisibilizan las fortalezas y oportunidades de este trecho de la vida, pero estas últimas representan un cambio de paradigma que permite revalorizarla como una etapa rica en creatividad, energía y capacidad para enfrentar desafíos, cuestionar estructuras y contribuir a la sociedad. Lejos de ser un período exclusivamente problemático, es un momento de posibilidades para el crecimiento y la transformación.
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Los determinantes sociales y económicos imprimen gran influencia en cómo se comportan muchas variables asociadas a distintos aspectos, tales como la deserción escolar, la pobre salud mental y otros graves síntomas que pueden manifestarse en esta etapa, incluyendo sucesos que envuelven muertes de adolescentes. Tener en cuenta esto es crucial para desarrollar y revisar políticas públicas y tener conversaciones productivas en las que este grupo sea incluido y escuchado.
Particularidades del cerebro adolescente y su resiliencia
El cerebro adolescente es una obra en construcción, caracterizada por una notable plasticidad neuronal. Durante esta etapa del desarrollo humano —que se extiende desde los 10 años (adolescencia temprana) hasta los 19 o 25 años (adultez temprana), según distintos enfoques— se producen cambios significativos en regiones clave del cerebro, como la corteza prefrontal, responsable de las funciones ejecutivas; y el sistema límbico, que regula las emociones. Aunque esta reorganización puede generar impulsividad y posibles situaciones de riesgo, también proporciona una oportunidad única para aprender, adaptarse y superar adversidades.
La resiliencia del cerebro adolescente se basa, precisamente, en su capacidad de formar nuevas conexiones neuronales, un proceso que es especialmente sensible a la influencia del entorno y las experiencias. Esto significa que, con el apoyo adecuado, los adolescentes pueden superar obstáculos, desarrollar habilidades socioemocionales y fortalecer su capacidad de recuperación frente a desafíos.
Para potenciar las capacidades resilientes del cerebro adolescente, es crucial fomentar su participación auténtica en la sociedad. Esto no solo promueve el desarrollo de sus habilidades cognitivas y sociales, sino que refuerza su sentido de pertenencia y empoderamiento. Los y las adolescentes habitan en diversos ámbitos sociales —como la familia, la escuela y la comunidad—e, incluso, laborales. Sin embargo, los vemos como personas incompletas y pasivas, e “incapaces” de aportar al desarrollo social. Es decir, nuestro mundo adultocentrista desconfía de su capacidad para participar hábilmente, lo cual lastima su derecho a la participación ciudadana como proclama, por ejemplo, la Organización de las Naciones Unidas en su Convención Internacional de los Derechos del Niño de 1989. Sin embargo, nos sobrecogen sus hazañas importantes en temas como el ambiente y la política, entre otros. Por ello, debemos analizar nuestros miedos colectivos y dar oxígeno a esta etapa.
Invisibilización de la adolescencia en el estudio de políticas públicas
A pesar del potencial y las necesidades específicas de los adolescentes, muchas políticas públicas tienden a ignorar sus voces y realidades. Esta invisibilidad es particularmente grave en contextos marcados por desigualdades y discriminación, donde las interseccionalidades—como género, etnicidad y nivel socioeconómico—amplifican las barreras para su desarrollo pleno. Hay dos grandes desafíos que atender: primero, eliminar la pobre representación o el imaginario de que la adolescencia no está capacitada para participar en la toma de decisiones sociales, y segundo, sostener el compromiso político de defender sus derechos a la supervivencia, al desarrollo, la protección y la participación ciudadana.
Salud mental, relaciones de pareja, factores de riesgo y protección
La adolescencia es un período crítico para el desarrollo de la salud mental y las relaciones interpersonales. Las funciones ejecutivas, como la toma de decisiones y el autocontrol, están en proceso de maduración, lo que puede influir en la manera en que manejan el estrés, los conflictos y las relaciones afectivas. Sin embargo, factores de protección, como redes de apoyo sólidas y entornos saludables, pueden fortalecer su bienestar y minimizar los riesgos asociados a esta etapa.
También es una fase natural del ciclo de vida, llena de potencial, creatividad y descubrimiento. Sin embargo, ha sido erróneamente vista como problemática o patológica. Se suele asociar la adolescencia con conductas de riesgo, rebeldía y conflicto, olvidando que estas características son parte del proceso de búsqueda de identidad y autonomía. Los y las adolescentes enfrentan un exceso de etiquetas clínicas (como “crisis” o “trastornos”), lo que puede invalidar sus experiencias típicas del crecimiento emocional y social.
En lugar de centrarnos en sus retos y asustarnos, deberíamos destacar sus capacidades: creatividad, energía, sensibilidad social y capacidad de aprender y adaptarse. Por ello, un cambio en la narrativa para valorar la adolescencia como una etapa positiva y necesaria para el desarrollo humano puede estimular cambios en actitudes. Además, hay que girar la forma en que se afrontan los problemas sociales desde las estructuras gubernamentales; no es suficiente reaccionar, hay que anticipar y prevenir. Tampoco sirve fragmentar, sino aumentar el radio de visión.
Las políticas públicas tienen que procurar que las adolescencias encuentren más factores protectores en sus entornos, además de abrirles espacios, en vez de cerrarlos. Estas cumplen un papel clave para garantizar un ambiente protector que aporte recursos para su bienestar y desarrollo, porque el derecho al bienestar debe ser una norma, no una excepción.
Participación y activismo
Los adolescentes mueven a las sociedades porque son sus principales agentes de cambio. Así, influyen en la cultura, la tecnología, la política y la economía. A través de su creatividad y participación, generan movimientos sociales, tendencias culturales e innovaciones tecnológicas a nivel local, regional y global. Su adaptabilidad les convierte en catalizadores de cambios en la manera en que las sociedades funcionan, como, por ejemplo, el auge de las redes sociales como plataforma de debate, reclamos y acción social. En el ámbito económico, los adolescentes son un grupo clave como consumidores y productores de contenido y servicios.
El ser adolescente, con su capacidad de adaptarse y superar adversidades, representa un testimonio de la resiliencia humana. Este escrito busca establecer un marco conceptual que resalta las fortalezas y oportunidades de la adolescencia, al tiempo que aboga por políticas y prácticas que reconozcan su potencial. La serie que inicia con esta columna ampliará esta visión con ensayos de estudiantes del curso Adolescencia, impartido en la Facultad de Educación Eugenio María de Hostos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Estos eligieron exponer sus ideas y posturas informadas, relacionadas con este momento vital, de manera crítica y reflexiva. Se discutirán temas como redes sociales, quemazón o desgaste (burnout), participación ciudadana, activismo comunitario, salud y bienestar, educación socioemocional y la doble vara de valores. Estos invitan a repensarla desde una perspectiva transformadora, mientras la exploran desde una visión alternativa, centrada en las capacidades, la participación juvenil auténtica y la importancia de comprender las particularidades del cerebro adolescente, destacando su resiliencia y adaptabilidad.
Es necesario cambiar la narrativa sobre la adolescencia, que, partiendo desde los estudios empíricos y científicos de principios de siglo 20, la veían como una etapa inevitable de tormenta y estrés. Al presente, se observa, en cambio, como un período de oportunidad y transformación. Debemos reconocer su poder transformador y brindarle espacios para participar activamente en las decisiones que afectan su presente y su futuro. En este sentido, la inversión en los adolescentes es una inversión en el presente y futuro colectivo. Después de todo, la raíz de la palabra “adolescencia” proviene del verbo latino adolecere, que significa crecer y robustecer.